EL ROSARIO DE ANTORCHAS CONGREGÓ A HOSPITALARIOS Y SIMPATIZANTES DE LA VIRGEN DE LOURDES EN BARBASTRO
La Santa Misa posterior, presidida por el sr. obispo, cerró una jornada mariana y hospitalaria anticipo de la festividad de Ntra. Sra. de Lourdes del 11 de febrero.
El Rosario de Antorchas que organiza la Hospitalidad diocesana de Ntra. Sra. de Lourdes el sábado anterior a la festividad de la Virgen de Lourdes (11 de febrero), se ha celebrado el sábado 7 de febrero en la catedral de Barbastro. Este Rosario de Antorchas va rotando anualmente por distintas poblaciones de nuestra diócesis, para llevar a todos los rincones el espíritu hospitalario y el amor a la Virgen. Han participado en el rezo de cada misterio del rosario grupos procedentes de Barbastro, Monzón, Candasnos, Fraga, Castinllonroy, Mequinenza y Binéfar. A la vez que se rezaba cada misterio, se han cantado algunas partes de los misterios y el Ave María de Lourdes por un coro formado por integrantes de diversas localidades.















Posteriormente se ha celebrado la Santa Misa presidida por nuestro obispo mons. Angel Pérez Pueyo y concelebrada por tres sacerdotes diocesanos. La homilía del sr. obispo ha aproximado el Evangelio de este domingo en referencia a la sal y a la luz, a las tareas y las actitudes reflejadas en los hospitalarios. Por ello aportamos el contenido de la homilía a continuación:
«Saludo con cordial afecto y profunda gratitud a José María Sistac, presidente de la Hospitalidad de Lourdes, quien, junto con su esposa, Elena Palacín, coordina además la pastoral de la salud en nuestra diócesis.
Mi saludo entrañable a todos los hospitalarios y hospitalarias que os habéis dado cita desde los distintos rincones de nuestra diócesis en esta casa madre que es la catedral de Barbastro.
Acabamos de rezar el rosario de antorchas. Hemos levantado nuestras velas encendidas, cantando una y otra vez: Ave, Ave, Ave María. Una luz pequeña entre las manos. Una oración sencilla en los labios. Y el corazón dejándose envolver por la presencia materna de María, que no deslumbra, pero acompaña; que no se impone, pero sostiene.
Y ahora, en esta Eucaristía, el Señor nos dirige una palabra directa, sencilla y exigente, como sólo Él sabe hacerlo: tú eres «la sal de la tierra… la luz del mundo».
No dice: «intentad serlo».
No dice: «cuando podáis».
Dice, sin rodeos: «sois».
1. Sal que se disuelve, luz que se gasta
La sal y la luz dos imágenes nada espectaculares, nada ruidosas. Y, sin embargo, imprescindibles.
La sal se disuelve, desaparece, se pierde… y precisamente por eso da sabor y preserva la vida.
La luz se gasta, se consume, se quema… y precisamente por eso vence la oscuridad.
Y el cura y poeta Javier Pérez Benedí lo expresa con una belleza desarmante:
«Como sal que se disuelve
y da su vida en silencio,
hay que dejar en los hombres
un sabor, un gusto nuevo.»
Eso sois vosotros, queridos hospitalarios. Eso hacéis —muchas veces sin aplausos, sin focos, sin reconocimiento— cuando cuidáis, acompañáis, empujáis una silla de ruedas, escucháis un lamento, sostenéis una mano temblorosa o simplemente permanecéis al lado.
2. Isaías nos coloca ante la verdad del amor
El profeta Isaías no nos permite una fe cómoda ni desencarnada. Nos recuerda que la luz sólo brilla de verdad cuando el pan se parte, cuando el pobre es acogido, cuando el hermano no es ignorado.
No hay verdadera espiritualidad sin carne.
No hay oración auténtica sin compasión.
No hay culto agradable a Dios que no pase por el amor concreto al que sufre. Y vosotros sois testigos privilegiados de esta verdad. Porque el enfermo no es un número estadístico. No es una ficción piadosa. El enfermo tiene rostro y tiene alma. Tiene historia. Tiene miedos. También anhelos. Muchas veces, con una fe desnuda, frágil y, al mismo tiempo, inabarcable.
3. San Pablo y la fuerza fecunda de la debilidad
San Pablo nos confiesa hoy algo profundamente evangélico: él no anunció a Cristo con palabras brillantes ni con sabiduría humana, sino desde la debilidad, para que la fe se apoyara en el poder de Dios y no en el prestigio de los hombres. Seguramente los hospitalarios seáis el colectivo diocesano más humilde y sencillo. Y, sin embargo, el más fecundo. Por eso arrancamos siempre el curso pastoral con la peregrinación a Lourdes.
Esto es lo profundamente lourdiano. Es lo que vosotros vivís y respiráis en Lourdes. Allí no vence el fuerte. No impresiona el autosuficiente. Allí conmueve el frágil, el herido, el que ha sido despojado incluso de su propia dignidad.
En Lourdes, la debilidad se convierte en lugar de revelación. Allí, el enfermo evangeliza al que aparentemente está sano. El que necesita ayuda nos enseña a amar a los demás. Y el que ya no puede caminar nos muestra, paradójicamente, el verdadero camino.
4. Lourdes, escuela de sal y de luz
Lourdes no es sólo un destino. No es sólo una peregrinación. Es una escuela viva del Evangelio.
Allí aprendemos que:
• la sal no hace ruido,
• la luz no se impone,
• el amor verdadero se arrodilla.
Por eso, vosotros no vais a Lourdes a “hacer cosas”.
Vais a ser presencia.
Vais a ser consuelo.
Vais a ser reflejo de la ternura de Dios.
Como vuelve a decir el cura y poeta, Javier Benedí:
«También la luz, como sal,
se desgasta y se dispersa,
brindando calor y vida
con su callada presencia.»
5. María, la Mujer de la luz discreta
María no ocupa el centro. No eclipsa. Simplemente acompaña, ilumina sin deslumbrar, permanece sin huir. Está siempre donde hay dolor, sin explicaciones fáciles y sin condiciones. María nos enseña a hacer lo ordinario con un amor extraordinario.
Hospitalarios: cuando empujáis una silla de ruedas, cuando veláis una noche, cuando sonreís en medio del cansancio, cuando rezáis en silencio junto a un enfermo… sois sal de la tierra, sois luz del mundo. Sois bálsamo de Dios. Sois expresión visible de su ternura. Sois signo creíble del Evangelio en una sociedad herida y desconfiada.
6. Una misión que no termina en Lourdes
Ya se ha hecho proverbial entre nuestros hospitalarios que a Lourdes no se va, se regresa.
El milagro siempre se produce paradójicamente en el que se cree sano. La misión continúa…. el mundo sigue herido… la soledad sigue creciendo… la fragilidad sigue pidiendo acogida.
No te guardes la luz.
No dejes de salar la vida.
Que puedan decir con verdad, con quienes te encuentres: «He visto tus buenas obras… y he sentido muy cerca a Dios».
Que María, Salud de los Enfermos, te acompañe siempre. Que Cristo, médico de cuerpos y de almas, te fortalezca. Y que tu vida entera siga teniendo sabor de sal e ilumine al mundo y para la Iglesia.
Amén.






